Edgard Marcano-MillánOperación resolución absoluta
3 de junio de 2026
¿Cuándo emprendiste la aventura literaria?
Formalmente, con mi primer libro publicado en 2020, aunque la escritura llegó antes: desde 2018 participé en concursos de relatos cortos que fueron, en cierto modo, el campo de entrenamiento. Escribir relatos te enseña a ser preciso, a que cada palabra justifique su presencia. Esa disciplina fue la que luego intenté trasladar a un formato mucho más ambicioso.
¿Por qué escribes?
Porque percibo un vacío que me resulta difícil ignorar. Existe una escritura académica histórica, rigurosa pero inaccesible para el lector general, y existe una escritura apasionada sobre los problemas de los países, vívida pero a menudo poco documentada. Entre esos dos extremos hay un espacio desatendido donde cabe lo que yo llamo una quimera: un texto que cumpla las dos condiciones a la vez, que sea al mismo tiempo riguroso y legible, documentado y narrativo. Escribo porque ese espacio me parece el más honesto y el más útil.
¿Cómo surge el libro Operación resolución absoluta?
Del mismo lugar del que surgen todos los libros urgentes: de la sensación de que algo histórico estaba ocurriendo y de que nadie lo estaba contando con las herramientas adecuadas. Cuando los hechos del 3 de enero de 2026 se produjeron, la cobertura mediática fue inmediata y masiva, pero casi toda ella era periodismo de urgencia, reacción, análisis de trinchera. Lo que no existía —y sigue sin existir en ningún idioma— era una aproximación historiográfica sistemática, con fuentes verificadas, distancia crítica y aparato documental. Ese hueco fue el origen del libro.
¿Cómo definirías esta obra?
Como el futuro texto de referencia sobre los acontecimientos que pusieron fin a veintisiete años de una dictadura que el mundo consideró durante demasiado tiempo inmune a cualquier desenlace. No es una crónica periodística ni un alegato político: es historia inmediata aplicada a un hecho global, con más de cuatrocientas fuentes verificadas y la vocación de perdurar más allá del ciclo de noticias.
¿Qué temas tratas en el trasfondo de la obra?
El libro opera en varios planos simultáneos. En el más visible está la reconstrucción operacional del 3 de enero: cómo se planificó, cómo se ejecutó y cómo reaccionó Venezuela. Pero debajo de eso hay preguntas más profundas: cómo se construye un casus belli en el siglo XXI, qué ocurre con el derecho internacional cuando la política de fuerza lo desborda, qué significa la soberanía para un Estado que ha perdido el control de su propio territorio, y quién tiene autoridad narrativa para contar la historia de un país cuando el veinticinco por ciento de su población vive en el exilio. También está el fenómeno de la diáspora como sujeto histórico: casi ocho millones de venezolanos dispersos por el mundo que son al mismo tiempo testigos, víctimas y protagonistas de lo que el libro narra.
¿Cómo ha sido esta experiencia literaria?
Intensa y exigente en un sentido que no había vivido con el primer libro. Escribir sobre hechos que aún se estaban desarrollando mientras redactaba imponía una presión metodológica constante: cada afirmación debía poder rastrearse a una fuente identificable, porque la historia inmediata no puede permitirse el lujo de la especulación. Al mismo tiempo, había algo estimulante en esa urgencia, en la conciencia de estar intentando fijar una primera capa de interpretación sobre algo que el mundo todavía no había terminado de procesar.
¿Qué has aprendido escribiendo este libro?
La dificultad real de contrastar fuentes simultáneas y contradictorias. Cuando los hechos son recientes, las versiones se multiplican en tiempo real y muchas de ellas son incompatibles entre sí. Aprender a evaluar la fiabilidad de cada fuente, a detectar el sesgo sin descartarla, y a construir un relato coherente sin falsificar la incertidumbre que genuinamente existe: eso ha sido la lección más exigente y, al mismo tiempo, la más valiosa de todo el proceso.
¿A qué público van dirigidas tus obras?
A lectores que se sitúan en la intersección de varios intereses: estudiantes y profesionales de ciencias políticas y relaciones internacionales, venezolanos dentro y fuera del país que buscan una narrativa rigurosa sobre lo que les ha ocurrido, aficionados a la historia contemporánea y la geopolítica, e historiadores que trabajan o quieren trabajar con el período. En términos más amplios, a cualquier lector que haya seguido las noticias sobre Venezuela durante años y sienta que merece algo más que titulares.
¿Cómo crees que ha sido tu evolución como escritor?
He madurado sobre todo en tres cosas: en la forma de escribir, que se ha vuelto más contenida y más precisa; en la forma de leer las noticias, con un escepticismo que ya es casi automático; y en la forma de aproximarme a cualquier conflicto, criticando todos los bandos por igual sin conceder inmunidad a ninguno por razones ideológicas. El primer libro era más personal y más emocional. Este segundo es más frío, más disciplinado. No sé si eso es madurez o simplemente otro estilo, pero es el que me parece más honesto para esta clase de material.
¿Cuál ha sido el mayor reto a la hora de llevar a cabo este trabajo?
Manejar información en tiempo real para un formato que es, por definición, el de la historia inmediata. La historia tradicional trabaja con archivos desclasificados, testimonios distanciados y bibliografía consolidada. La historia inmediata trabaja con todo eso ausente y con la presión añadida de que los hechos siguen ocurriendo mientras escribes. Mantener el rigor metodológico en esas condiciones ha sido el mayor desafío técnico del libro.
¿Te sirve algún método de escritura?
Sí, y es bastante poco ortodoxo: lo que yo llamo el método avalancha-podado. Primero escribo mucho y muy rápido, sin preocuparme por el estilo, las transiciones ni la ortografía. El objetivo de esa primera fase es volcar todo el material posible sin censura. Luego viene el podado: releer con distancia, eliminar sin piedad, reconstruir la arquitectura, trabajar la precisión. Son dos fases casi incompatibles en el carácter que exigen, pero juntas funcionan: la avalancha asegura que no quede nada importante fuera; el podado asegura que lo que queda merece estar.
¿Qué te gustaría conseguir en el público lector?
Fundamentalmente dos cosas. Empatía genuina hacia la situación venezolana, no la empatía condescendiente del observador externo sino la que nace de entender la complejidad real de lo que ha ocurrido. Y, sobre todo, que los lectores salgan del libro mejor informados de manera objetiva y documentada: no convencidos de una tesis política, sino equipados con más herramientas para pensar sobre el poder, la soberanía y lo que ocurre cuando un Estado colapsa y el mundo tarda demasiado en reaccionar. Termina la frase. Caligrama es…
puntualidad. En el sentido más literal y también en el más literario: la editorial que llega cuando debe llegar. Preguntas rápidas
EL ÚLTIMO LIBRO QUE TE HA GUSTADO:
Vietnam, de Max Hastings. Un modelo de cómo narrar un conflicto desde dentro de todas las contradicciones que lo definen, sin absolver a nadie. UN LIBRO QUE QUIERAS LEER:
El hombre que nunca existió, de Ben Macintyre. La operación de inteligencia más brillante de la Segunda Guerra Mundial. UNA CANCIÓN O PIEZA MUSICAL COMO BANDA SONORA DE TU OBRA:
Concierto de l'Adieu, interpretado por Renaud Capuçon. UNO DE TUS AUTORES PREFERIDOS:
Max Hastings. Por la claridad, por la distancia crítica y por demostrar que el rigor y la legibilidad no son incompatibles. UNA DE TUS AUTORAS PREFERIDAS:
Isabel Allende. Por la capacidad de convertir la historia colectiva en experiencia íntima sin traicionar ninguna de las dos. UNA FRASE DEL LIBRO Operación resolución absoluta:
«…fue, más bien, la prudencia de quien ha observado demasiadas veces cómo la historia amaga con el cambio para luego retirarse».

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