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Entrevistas

Carlos Francisco MongeEstación fugaz

26 de septiembre de 2025

¿Cuándo emprendiste la aventura literaria?

En mi caso, ya desde hace mucho tiempo. Soy lo que podría decirse un escritor ya maduro, formado en esto. Mis primeros libros los publiqué en la década de 1980, y desde entonces he venido ejerciendo la creación literaria (con la poesía, propiamente dicho) y en el mundo del pensamiento académico (con varios libros de ensayos sobre literatura y cultura).

¿Por qué escribes?

Según lo dicho, como un ejercicio de voluntad estética; no creo que más que eso haya mucho que decir. Quien escribe configura un discurso —verbal, evidentemente— con expresa voluntad estética. Lo demás viene por añadidura, porque a partir de la experiencia habitual —la existencial, para decirlo con palabras solemnes— el poeta configura un objeto (el poema) como ejercicio estético, con lo cual los significados o sentidos que la página escrita engendre ya dependerá mucho de quien lo lea.

¿Cómo surge el libro Estación fugaz?

Una relativamente lenta espera y como paciente proceso de escritura sucesiva de poemas que en su momento no se vieron como proyecto de libro. No suelo escribir libros de poesía «planificados» como tales. Escribo habitualmente con cierta regularidad a lo largo de los años; selecciono y organizo lo recopilado según cierta unidad temática y estilística (discursiva, para ser más preciso). Las fases de «trabajo» sobre el texto son las esperadas: dejar reposar el texto algún tiempo, volver sobre él, quitar aquí y allá, precisar, etc. Así, concluyo que una treintena de poemas —como es el caso de Estación fugaz, precisamente— es suficiente para darlo como libro unitario.

¿Cómo definirías esta obra?

Un libro de poemas cuyo propósito no es más que configurar, a partir de la experiencia de la escritura, un sentido de la realidad. La poesía no es tanto una afirmación como una constante interrogante, de la cual se intentan dar muy provisionales respuestas. Sí, toda poesía configura una «visión de mundo», al mismo tiempo propia y ajena, individual y colectiva. En este caso, el título es deliberadamente ambiguo: la estación fugaz. ¿Qué estación: una de las cuatro del año o más bien la de un tren, la de una línea del metro urbano? Ambas son fugaces; apenas hace falta indicar que también lo es la existencia (la material, digamos; la biológica).

¿Qué temas tratas en el trasfondo de la obra?

Hecha una lectura «global» o integral del libro, son dos temas los que se trazan como ejes de significación: la vida material (incluidas las dichas y desdichas del paso del tiempo en el cuerpo y en la mente) y el papel de la poesía como refugio o como espacio para dirimir los sentidos y sinsentidos de la existencia humana consciente.

¿Cómo ha sido esta experiencia literaria?

No tiene nada de particular, salvo que es una suma de lo que he venido haciendo en los últimos años, en mi etapa de «madurez» (aunque siempre dudo de esa noción) literaria. Siempre, en casos como el mío, es más que aconsejable establecer comparaciones antes de seguir adelante; no vaya a ser que el escritor empiece a repetirse, a reiterar lo dicho y hecho. Todo poema, me decía hace muchos años un viejo poeta, que consideré mi maestro, ha de ser siempre un hallazgo. Buena recomendación, sin duda.

¿Qué has aprendido escribiendo este libro?

Aunque la pregunta es comprensible, la verdad es que poco. Cierto, todo acto de escritura siempre es una experiencia existencial, una decisión, un riesgo, en numerosos sentidos: como propuesta estética, como arrojo (es decir, como osadía), como tentativa de dar con algo nuevo, distinto a lo ya hecho. Evidentemente, si comparo Estación fugaz con mis libros primerizos, las distancias son siderales; pero si lo hago con algunos de mis libros más recientes (del último lustro, pongamos por caso), siempre me queda la incertidumbre de que pueda caer en la mera reiteración de lo ya dicho; es decir, de lo ya entregado a quien me lea o relea.

¿A qué público van dirigidas tus obras?

A quienes de veras saben leer poesía; o mejor dicho, a quienes leen poesía de veras. Ni la notoriedad ni el «exitismo» me interesan; más bien, la posibilidad de que alguien —anónimo para mí, evidentemente— en la soledad de la habitación, se detenga unos cuantos minutos en mis versos; nada más. Con la poesía no hay —o no debería haber— «nichos de mercado»; eso se lo dejamos mejor a otras modalidades literarias más comercializables.

¿Cómo crees que ha sido tu evolución como escritor?

Lenta y cuidadosa, debo admitirlo. Primero como una leve intuición, luego como una determinación, me he dicho a lo largo de los años que para escribir poesía no hay que darse prisa. El poeta no es un escritor «de oficio», como podría serlo el periodista, el historiador, el novelista, el cronista. La poesía es como la respiración: necesaria y vital. He procurado, por ello, ser muy cauteloso con la frecuencia con que me decido a publicar mis libros (los de poesía, insisto), porque la abundancia también tiene sus riesgos: la repetición y el aburrimiento. Sé, claro, de poetas que han publicado hasta medio centenar de libros de poesía; con una inquietante regularidad, por lo general son cuatro o cinco los que de veras tienen valor y calidad. Mi evolución solo la podría medir con ese criterio, porque lo otro solo les correspondería a los lectores juzgar.

¿Cuál ha sido el mayor reto a la hora de llevar a cabo este trabajo?

Para escribir poesía no hay retos sino riesgos. Puede que un buen novelista se proponga emprender la escritura de una obra que le llevará años acabarla, con la esperanza de que le resulte una tarea de alta calidad o nivel literarios. Eso es un reto. El poeta no se propone eso; escribe hoy o mañana, quizá dentro de dos o tres meses; no tiene propósito específico alguno con sus poemas, excepto darlos a conocer en un momento determinado, son mayores expectativas. Una de las pequeñas ventajas de la poesía sobre la novela: el poema puede leerse innumerables veces; la novela se lee una vez, quizá dos, y el tomo puede quedar abandonado en los anaqueles del librero o, peor aun, en el cajón de objetos usados.

¿Te sirve algún método de escritura?

Ninguno en particular; con la escritura de poesía no va eso. Suelo escribir a mano; es decir, estilográfica y papel. Me procuro, simplemente, unas condiciones materiales básicas: el silencio en la habitación, el relativo aislamiento, la tranquilidad mental; después de eso, bastan las ideas o las emociones para que la página en blanco deje de serlo.

¿Qué te gustaría conseguir en el público lector?

Comprensión y aquiescencia, desde el punto de vista estrictamente estético. El poeta propone, el lector dispone; el crítico literario… pospone. Termina la frase. Caligrama es…

una generosa y necesaria empresa editorial, de ganado prestigio en el mundo de habla española. Preguntas rápidas

EL ÚLTIMO LIBRO QUE TE HA GUSTADO:

Estoy releyendo, por tercera vez, Los hermanos Karamázov, del incomparable Dostoievsky. Suelo quedarme con los clásicos. Lo último que me ha gustado: Carne gobernada, de Fernando Savater. UN LIBRO QUE QUIERAS LEER:

El hombre y lo divino, de María Zambrano. Una tarea pendiente que se me ha quedado sobre la mesa, aunque ya la he empezado a cumplir. UNA CANCIÓN O PIEZA MUSICAL COMO BANDA SONORA DE TU OBRA:

Posiblemente algún adagio de Albinoni, pero sería asunto de revisar con cuidado. Mi poesía no es muy elegíaca, pero admito que tiene cierto aire melancólico. UNO DE TUS AUTORES PREFERIDOS:

Como poeta, otro de los grandes clásicos: Francesco Petrarca; después, algunos que parecen entre ellos como hermanos de sangre: Fernando Pessoa, Constantin Cavafis, Luis Cernuda. UNA DE TUS AUTORAS PREFERIDAS:

Menciono tres: Virginia Woolf, como novelista; Hannah Arendt, como pensadora; María Zambrano, una disimulada poeta bajo el mando de la filosofía. UNA FRASE DEL LIBRO Estación fugaz:

«Los poemas no empiezan; tan solo continúan los ecos de otras voces».

Carlos Francisco Monge

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Carlos Francisco Monge autor de Estación fugaz — Caligrama