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Entrevistas

Alfonso Chacón RodríguezEl castillo inverso

4 de julio de 2025

¿Cuándo emprendiste la aventura literaria?

Siempre fui un lector empedernido, desde muy niño. Me enamoré muy temprano de los clásicos: Verne, Twain. Y pronto supe que para mí no quedaba nada más que convertirme en escritor.

¿Por qué escribes?

No lo puedo evitar. Me brota desde muy adentro el impulso. Para mí, el mundo pasa y lo comprendo a través de lo que escribo. Y cuando me siento huraño, cuando siento que el mundo se me viene encima, cuando siento que la vida es un torbellino, entonces lo sé, lo tengo claro. Es que he pasado mucho tiempo sin escribir.

¿Cómo surge el libro El castillo inverso?

Empezó como un relato. Un continuar de mi colección anterior de historias fantásticas basadas en los mitos del Mictlán náhuatl. Había estado leyendo Chesterton, y me pregunté: ¿y si la heroína fuera una religiosa? Pero no quería el cliché, porque abundan desde hace rato y ya resultan predecibles sino cansinas: las monjas luchadoras, las monjas detectives, las monjas guerreras. Calcos de Bond y Sherlock Holmes en hábito y cofia. Pero a mí los héroes me interesan precisamente cuando no lo parecen, cuando no tienen nada que los haga especiales (nada de superpoderes, mentales ni corporales). Como el padre Brown, insignificante, casi ridículo. Y yo me imaginé algo así como el humilde cura de Ars, o como los despistados sacerdotes en las novelas de Bernanos, enfrentados a lo que no tiene explicación: una religiosa insignificante, para colmo discapacitada. La persona menos indicada para enfrentar a una bestia sobrehumana. Pero, sobre todo, alguien carcomido por la duda y la desilusión, alguien para quien sus fantasmas internos le parecen más invencibles que cualquier monstruo.

¿Cómo definirías esta obra?

El género es fantástico, de terror si se quiere. Me fascina la literatura gótica. Desde los pioneros: Poe, Stevenson, Mary Shelley, hasta el gótico estadounidense: Flannery O’Connor, Shirley Jackson. Y el género de horror exige un método, respetar sus convenciones. Es como escribir sonetos: hay una receta, y escribir en una cancha marcada te constriñe a ser distinto dentro de lo común si se quiere ser original. Porque el armazón que puede parecer camisa de fuerza es, paradójicamente, un estímulo, porque te obliga a ir más allá, a traspasar el otro lado del espejo y hurgar en lo más recóndito del alma de los personajes. Y ese es un reto, una tentación a la que ningún escritor, como voyeur incurable (porque voyeur y escritor son sinónimos para mí), se puede resistir. Porque lo supernatural es un bisturí fabuloso que abre profundos tajos en nuestra condición humana y real. Según mi humilde criterio, no hay novela psicológica o realista que se haya hundido más en lo profundo de nuestra psique que Frankenstein, que Drácula, que Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Quizás solo la obra de William Faulkner, ah, pero las novelas de Faulkner están tan empapadas de ese turbio goticismo tan prevalente en la sociedad del sur de Estados Unidos de principios del siglo XX, que resulta imposible que sus personajes no sean un mar tumultuoso de contradicciones, horror y confusión.

¿Quiénes son los personajes y cómo son?

Sor Alicia es el centro de la novela. Alguien forjado en la derrota de la pobreza y la enfermedad, en lo azaroso de una existencia si se quiere condenada al fracaso, pero con una convicción profunda: sabe que tiene una misión. El problema es que no sabe cuál es. Por eso serán indispensables los antagonistas —y hay varios, y no necesariamente con mala disposición—: reales o sobrenaturales. Yo creo que la vida se construye a punta de nuestra relación con el otro, con los demás. Y sor Alicia encontrará su fortaleza precisamente en el abandono y la renuncia a sí misma, transformada en valentía gracias al amor a los otros.

¿Qué temas tratas en el trasfondo de la obra?

La razón y la fe, no como contrapuestos sino como complemento para enfrentar al miedo, a lo desconocido, al mal producto del orgullo desmedido. Adentro y afuera nuestro.

¿Cómo ha sido esta experiencia literaria?

Alguien decía, ¿Borges?, que una obra empieza como una amante que se convierte muy pronto en tirana a quien complacer. Este libro me llevó tres años. De muchos altibajos. De detenerse para saber que se iba por un camino equivocado, volver a arrancar. Pero nunca faltó la pasión.

¿Qué has aprendido escribiendo este libro?

La meta está en el disfrute. El camino es la aventura. A veces cuesta arriba. Pero en el momento que se alcanza eso que los coach de autoayuda llaman “la zona”, entonces cada palabra, cada oración, se vuelve un goce inexplicable.

¿A qué público van dirigidas tus obras?

Mis obras buscan lectores exigentes, activos, ansiosos de explorar. Porque es lo que busco de un escritor también: el desafío poético, la capacidad de mostrarme un ángulo diferente de la realidad a través de la hermosura de la palabra.

¿Cómo crees que ha sido tu evolución como escritor?

Ha sido un trabajo de décadas, de distintos estilos, hilvanados inextricablemente con los cambios en mi vida, con el desarrollo de mis creencias y de mi fe. Creo que hoy, sobre todo, me doy cuenta de que ser escritor es ser humilde y comprometido: es pensar que, si vamos a pedirle a alguien que nos lea, tenemos que darle algo muy valioso a cambio del trozo de vida que le estamos robando. Disfrute. Introspección reflexiva. Satisfacción.

¿Cuál ha sido el mayor reto a la hora de llevar a cabo este trabajo?

Encontrar el tiempo. Evadir la tentación omnipresente de no escribir el día de hoy.

¿Sigues algún método de escritura?

Hay que tener un mapa, una estructura de partida. Eso ayuda con la disciplina. Es bueno atisbar levemente a lo lejos, saber qué la nave tiene trazado un rumbo y luego dedicarse a lo de hoy. Una oración a la vez. Un truco que aprendí hace mucho es a escribir el desenlace bien temprano. Luego la historia te irá llevando de la mano. No importa luego si la obra se desvía y termina en un destino inesperado (es lo que siempre me pasa a mí). Lo segundo es leer poesía. Mucha poesía mientras se escribe. El corazón de la obra es la trama. La carne son los personajes. Pero el embeleso está en el lenguaje. Ahí es donde yo me enamoro de un autor.

¿Qué te gustaría conseguir en el público lector?

Un instante de placer y gozo. La sensación de haber estado en un mundo distinto. Despertar alguna inquietud. Termina la frase. Caligrama es...

una ventana abierta para lo nuevo. Preguntas rápidas

EL ÚLTIMO LIBRO QUE TE HA GUSTADO:

Thérèse Desqueyroux, de François Mauriac (y su secuela, La fin de la nuit). UN LIBRO QUE QUIERAS LEER:

Tengo pendiente las obras de Juan Crisóstomo. Pero antes debo comenzar con La ciudad de Dios de Agustín de Hipona. UNA CANCIÓN O PIEZA MUSICAL COMO BANDA SONORA DE TU OBRA:

Danse Macabre, de Saint Saëns UNO DE TUS AUTORES PREFERIDOS:

José Lezama Lima UNA DE TUS AUTORAS PREFERIDAS:

Jane Austen UNA FRASE DEL LIBRO El castillo inverso:

«Y ahora, mientras observa a través del vidrio frío hacia las montañas que despiertan, ella lo recuerda muy bien. Que en el pecho cargó como con un inmenso agujero por el resto de la tarde. Y el agujero es la existencia de lo inexistente. El agujero es, más bien, la afirmación presencial de lo ausente. Un hueco es aquello que completa con la nada la esencia del objeto, del ser. Los santos lo saben. Los despechados incluso mejor».

Alfonso Chacón Rodríguez

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Alfonso Chacón Rodríguez autor de El castillo inverso — Caligrama