ENTREVISTA A HUGO S. MESTIZO

1.¿Cuándo te embarcaste en la aventura literaria?

Supongo que esta es la parte donde digo que soy como Lope de Vega o un Conde de Lautréamont mexicano que inició su producción literaria desde muy corta edad; o que soy un «genio tardío» cual Bukowski o Saramago y que, gracias al paso de los años, mi talento alcanzó su máximo nivel. La verdad es que ni una ni otra cosa. Mi caso para nada resulta extraordinario. Soy, como alguna vez dijo Pepe Mujica, hijo de mis circunstancias y sigo sus tiempos. Pero si debo fijar un comienzo, diría que mi vocación literaria nació el mismo día en que cobró forma esta rebeldía que aún cargo, y en particular poco antes de entrada la adolescencia. Si bien durante la niñez arrastré el bolígrafo algunas veces, mis entonces escritos no pasaban de ser anécdotas, paráfrasis u ofensas dedicadas a los adultos que me irritaban. Mero juego, nada relevante. Fue en el último año de la educación secundaria cuando mis ideas, deseosas de venir al mundo, se convirtieron en canciones de rap, luego en aforismos que emulaban a los escritos por Nietzsche y, finalmente, en múltiples ensayos que, por cierto, poco a poco me hicieron perderle el miedo a la narrativa, dentro de la cual escribí varios cuentos cortos y tengo una novela en ciernes. Y desde entonces estoy atrapado en esta servidumbre y gozo, como diría Vargas Llosa, que es la escritura.

2.¿Por qué escribes?

A responder esta profunda interrogante, esta suerte de golpe que despoja al escritor de toda máscara, se ocupa uno de los ensayos de Sospechas. Lo pienso una y otra vez y la conclusión es la misma: además de hacerlo para justificar mi huella de carbono, pues algún obsequio debemos legarle al mundo, escribo porque necesito una coartada para no sucumbir antes de tiempo; porque la vida está vacía de significado y puede moldearse con arreglo a mis ideas, saber un poco a mí; porque disfruto al vengarme de esta realidad malsana; y, en suma, porque a través de la escritura soy creador, homicida, crítico y fedatario de mis días. Después de todo, el escritor, además de un demiurgo, es el asesino de sí mismo y de su época. ¿Cómo no iba a estar tosiendo letras por doquier?

3.¿Cómo definirías tu libro Sospechas?

A riesgo de sonar psicodélico, Sospechas es una amena dosis de remordimiento suministrada a lo largo de casi doscientos ensayos y aforismos cuyo principal propósito, como buen estimulante de la consciencia, es sacudir al lector, despertar su crítica y enfrentarlo con el absurdo que nos rodea, a fin de que vuelva a reflexionar sobre muchos de los temas vinculados a la vida diaria que daba por sentados. Se trata de una ráfaga de provocaciones que buscan resucitar el negacionismo dialéctico, el antagonismo del que depende el progreso; de un diccionario de inquietudes que funciona a la inversa y, en vez de certezas, ofrece indefiniciones, pues ya basta de respuestas, el mundo hoy necesita más de las preguntas. Ya lo decía Antonin Artaud: «La vida consiste en arder en preguntas».

4.¿Qué temas pueblan las páginas de este libro?

Cuando la duda es genuina no obedece a ningún orden preestablecido sino que traza y recorre su propio camino, y justo eso es lo que Sospechas pretende: darle sentido a la reflexión más allá del rigor académico, de la corrección política y de las modas que indefectiblemente desvirtúan el acto creativo y, por ende, la generación del conocimiento. De ahí que sus páginas, verdadero festín ideológico desarrollado bajo una lógica rizomática y no arbórea (sirviéndome de los conceptos acuñados por Deleuze y Guattari) que refleja mis inquietudes filosóficas de algunos años, sean además plurales y aborden un poco de todo: literatura, vocación, alcohol, muerte, juventud, tiempo, libertad, silencio, pensamiento, coronavirus, progreso, arte, simulación, capitalismo, Derecho, sexualidad, posverdad, confusión y un largo etcétera. A final de cuentas así es la vida de cada uno: multiplicidad de temas interpretados por una sola cabeza.

5.¿Qué papel crees que juegan las ideologías en el mundo actual?

Las ideologías, entendidas como esos loables esfuerzos intelectuales que procuran darnos luz en la significación de nuestra realidad, y no de forma peyorativa como simples quimeras o bullicio de la mayoría, incluyendo todo cuanto tiene que ver con el pensamiento, actualmente, en la era de la posverdad y el facilismo, están en franca decadencia. Para los sectores sociales mayoritarios, en quienes se confía la responsabilidad del cambio democrático, las ideas han caído en desuso. Es más, ya no despiertan ningún tipo de interés. Atestiguamos la extinción de los contenidos. Hoy todo es forma, pose, visibilidad, culto exhibicionista al ego. Tal parece que decidimos apagar la razón y andamos en modo automático a fuerza de pasiones. Al respecto los grandes culpables son, por un lado, el tecnologicismo que al promover las relaciones interpersonales a distancia, donde el contacto humano es además superficial, nos convierte en seres cómodos y fundamentalmente visuales. Y, por otro lado, está el capitalismo exacerbado que reduce todo, absolutamente todo, a capacidad adquisitiva y troca lujos en necesidades y valores en precios. Males, ambos, que explican nuestro nada ilustre presente. Es decir, que ante la ausencia de verdaderas ideologías que encaucen el imaginario colectivo es como nadamos entre naderías de mal gusto. De ahí que en el mundo actual las ideologías jueguen un papel importantísimo, aunque no por su influencia directa, sino justo por su peligrosa ausencia.

6.Este libro invita a la reflexión del mundo que nos rodea. ¿Miras el futuro de la humanidad con optimismo o con preocupación?

Precisamente porque el presente arde en llamas y de él, espero que muy pronto, no quedará nada más que cenizas, veo el futuro con optimismo, y esto no es mera corazonada. Estoy convencido de que el tiempo es cíclico, de que los fenómenos sociales oscilan a la manera de un péndulo, de que los extremos, los opuestos, en apariencia irreconciliables, terminan tocándose, pues aunque distintos en grado son idénticos en naturaleza, tal como reza el Kybalión. Por eso, esta crisis generalizada que atravesamos, esta disruptiva posmoderna que hace de la vida un concierto de sinsabores, debe interpretarse como el síntoma de un mejor porvenir. Sólo en la oscuridad es posible brillar, sólo en el silencio la voz es inteligible, sólo en el caos es necesaria la voluntad ordenadora. Pensémoslo: los problemas son medios, caldos de cultivo, comadronas de la superación. Aunque, por supuesto, ningún cambio positivo surgirá de la nada. Para eso hay que echar mano de la crítica y, sobre todo, de la capacidad creativa de las personas; ejes rectores que, por cierto, son el leitmotiv de Sospechas. Mi optimismo, pues, es uno que debe trabajarse. Y nada mejor que comenzar dinamitando nuestras circunstancias.

7.¿Qué características definen tu estilo literario?

Habrá que preguntárselo a las voces más autorizadas: mis lectores. Ellos tienen la última palabra al respecto. Yo sólo puedo hablar de mis aspiraciones literarias y en ese sentido considero que mi estilo es, en cuanto a su forma, o al menos así lo pretendo, como un huérfano curioso que se enamoró de las palabras: libre, sinuoso, introspectivo, áspero, malcriado, versátil y con una marcada propensión a sacar lo mejor del lenguaje. En cuanto al fondo, la vida misma es mi fuente de inspiración, de modo que difícilmente vuelo fuera del realismo. Para escribir no necesito viajar a otros tiempos u horizontes. Basta con descalzarme y pisar el suelo para encender mi voz, pues más que al entretenimiento o a la satisfacción del gusto mayoritario, apunto hacia la crítica que golpea e incide en el aquí y ahora. Valoro más los desacuerdos que los aplausos. Y es que, como decía Nietzsche, prefiero ser un sátiro antes que un santo, un hombre que invita al desenfreno y no a la adoración.

8.¿Cómo te ha marcado en la escritura tu experiencia de vida?

En mi caso, vida y escritura son lo mismo. No podría escribir sin vivir, sin conocer de primera mano. Y viceversa: ningún sentido tendría vivir sin escribir. Coincido con Henry Miller: gran parte de la buena literatura se gesta lejos de la máquina de escribir, en el disfrute de la existencia. Y es que entre lo que experimento, medito y plasmo en letras hay una relación de recíproca necesidad, una simbiosis como dirían los biólogos. Tal vez por eso no comulgo del todo con la ficción a la que considero un lujo de pretensiones paliativas. Mi obra, insisto, se alimenta de la vida misma y, por tanto, de mi persona. Ahora que lo pienso, soy muy parecido al catoblepas descrito por Borges en su Manual de zoología fantástica, esa mítica e imposible criatura que se devora a sí misma empezando por los pies. Cuando escribo devoro la vida y luego vuelvo a ella para intentar cambiarla vía la crítica provocada en los lectores. A eso obedece que en cierto modo mis escritos sean, si no autobiográficos, por lo menos sí una radiografía de mis días.

9.¿Cuál ha sido el mayor reto a la hora de escribir esta obra?

En realidad, fueron dos los principales desafíos que afronté al escribir Sospechas. El primero, de orden práctico, consistió en plasmar mi sello personal al momento de reflexionar con milenios de civilización a cuestas, es decir, en lograr que temas relativamente comunes fueran abordados de una forma distinta, singular, original. Sé que no hay nada nuevo bajo el sol, así que durante el curso de la obra, a la manera de un mantra, me repetía una y otra vez: «Aparta las cosas del sol y escribe desde las tinieblas». El segundo, más de índole filosófico, fue mantener el equilibrio y no caer en un nihilismo sin retorno, en la náusea de que hablaba Sartre, o sea, en el absurdo más radical que me incitara al suicidio intelectual y, por ende, a desistir del sinsentido que, ¿por qué no decirlo?, también implica escribir es una época donde son poquísimos quienes leen. Y de ambos, meros dolores de parto según hoy advierto, el último sin duda fue el mayor de los retos: no sucumbir a manos de mi pensamiento. Pero, después de todo, sobreviví y Sospechas vio la luz.

10.¿Cómo recomendarías este libro a alguien?

En vez de recurrir al típico autoelogio que se oculta en la falsa modestia, blandiría la afrenta que nunca falla y, picándole la cresta al ego del interlocutor, recomendaría  Sospechas como una obra que, pese a ridiculizar gran parte del imaginario colectivo, termina convenciendo a cualquier clase de lector, desde el más incauto hasta el más docto, en torno a muchos aspectos de la vida diaria, al grado que destruye las más profundas y arraigadas creencias. Sé que no es del todo cierto, pero al menos lograría mi cometido: provocar la crítica del lector y así colocarlo, ojalá, en una postura contraria a la mía. ¡Gracias a su dios que no soy publicista!

11.¿Te sirve algún método de escritura?

A los métodos prefiero dejarlos en las bolsas del traje que uso cuando juego a ser abogado. Al explotar mi creatividad, o sea, cuando juego a ser artista y escribo, no me encadeno a ninguna fórmula. Simplemente me dejo llevar, cual Bukowski, por lo que sale desde el fondo de mis tripas. Aunque, claro, resulta imposible no ajustarse a cierto orden. Después de todo, como humanos, somos hijos del hábito. En ese sentido, y debido a que durante mi corta, pero no por eso menos sufrida, trayectoria literaria aprendí que las buenas obras son aquellas que logran equilibrar fondo y forma, en cada enunciado procuro conjugar pasión con razón, gritos con silencios, anarquía con gobierno. Así, en cuanto al fondo, soy todo Jack Kerouac y fluyo bajo la idea purista de que el primer pensamiento es el mejor pensamiento. Mientras que en lo tocante a la forma, una vez definida la materia del discurso, soy todo Hemingway y hago numerosas pausas para reescribir y corregir hasta que mi personalidad obsesa se cansa. Para decirlo de manera telegráfica: primero salpico y luego limpio. Ojalá Kerouac y Hemingway vivieran en mí.

12.¿Cuál es tu sueño literario?

Que me lean, no las mayorías ni los intelectualoides, sino los asesinos de mis días, los amos del mejor ser, quienes continúan siendo niños a pesar de los años, pues gracias a ellos algún día, cuando mi cuerpo se apague, habitaré el mundo de las ideas subversivas desde donde podré reencarnarme una y otra vez en el lenguaje de los que no saben callar. Al demonio las superventas y los premios literarios.

13.Termina la frase. Caligrama es…

Tierra firme en medio del naufragio editorial.

Preguntas ráfaga

EL ÚLTIMO LIBRO QUE TE HA GUSTADO: Del inconveniente de haber nacido, de Emil Cioran.

UN LIBRO QUE QUIERAS LEER: Sapiens. De animales a dioses, de Yuval Noah Harari.

UNA CANCIÓN O PIEZA MUSICAL COMO BANDA SONORA DE ESTA OBRA: La sonata para violín en Sol Menor, mejor conocida como El trino del diablo, de Giuseppe Tartini.

UNO DE TUS AUTORES PREFERIDOS: Hermann Hesse.

UNA DE TUS AUTORAS PREFERIDAS: Anaïs Nin.

UNA FRASE DE DEL LIBRO SOSPECHAS: ≪Antes de ser expulsado por el útero de mi madre, Dios advirtió: «Sólo estarás un breve tiempo, después morirás. ¿Qué deseas a cambio?». De inmediato respondí: «Pluma y papel, con eso para qué quiero tiempo y espacio»≫.

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