CÓMO HACER UNA BUENA SELECCIÓN DE LECTORES CERO

Que los autores no pueden (no podemos) vivir sin lectores es algo irrefutable. Un autor sin lectores es un pregonero en el desierto. Hemos de empezar nuestra casa (literaria) por la primera y esencial pregunta: ¿lo que escribimos le va a interesar a alguien?

Si nos dejamos de la idea de que «esto lo he escrito como autoconsumo, no tengo ninguna otra apetencia que cubrir» y vamos al turrón, habremos de convenir que, una vez que hemos dado por finalizado nuestro primer borrador del manuscrito (en este artículo nos centraremos en las obras de ficción), es conveniente alejarnos de él por un tiempo, desintoxicarnos, y pasar el testigo a un ramillete de lectores cero para que podamos tener una impresión desde fuera y detectar cuáles son los puntos de mejora donde se puede emplear el bisturí para dejar la obra más limpia y mejor rematada.

Eso sí, no olvidemos nunca el axioma que nos regaló Truman Capote: «Jamás contestes una mala crítica». Amén. Y en nuestro caso añadiríamos: «Y no olvides que los lectores cero no están para aplaudirte y decirte que lo has bordado, sino para hacer que regreses al suelo y que te des cuenta de que la trama es más floja de lo que creías o que la reacción de tal personaje resulta incomprensible. Y, sobre todo, nunca olvidemos que los lectores cero nos regalan su tiempo. Y no existe nada más valioso que el tiempo».

Elijamos, pues, con mimo a nuestros lectores cero. Los amigos y familiares suelen ser los más socorridos, pero muchos de ellos pecan de blandos y se callan los defectos que encuentran para no deprimirte. Por tanto, sospechemos de ese primer círculo. En todo caso, preguntemos por sus últimas lecturas y pidamos que emitan una visión crítica de ellas, de manera que podamos calibrar su tolerancia y profundidad de discurso. Es más, insistamos en que necesitamos detectar las inconsistencias, las lagunas en el ritmo narrativo, la endeblez de algunos personajes… y que los aplausos no nos van a servir demasiado para ello. Hemos de animarlos a que saquen el colmillo, ya nosotros mediremos la utilidad de sus propuestas. Igualmente, es una buena idea sugerirles que lean el libro con un bloc de anotaciones, para que nada se quede en el olvido. Y, oigan, algo habrá que entregarles como premio a su ayuda: qué menos que una sentida cita en los agradecimientos, un ejemplar firmado y una cervecita con tapa (si son gambas de Huelva, mejor).

Otra opción es generar un pequeño grupo de escritores afines y amigos que se hagan favores mutuos, en un entorno donde no deben caber envidias ni rivalidades insanas. No más de cuatro; ir más allá es complicarlo. Por supuesto, han de ser de absoluta confianza, ya que nadie desea un hurto de la propiedad intelectual y que te roben una idea luminosa. No olvidemos que sin el aforismo sagrado del Do ut des no iremos a ningún lado, ni en los libros ni en la vida. En cuanto al plazo de lectura, debe ser moderado, pero no eterno. Casi mejor darle seriedad al asunto con un documento firmado por el grupo de autores donde se establezca un compromiso de ayuda mutua.

Otra opción es recurrir a las redes sociales en busca de lectores anónimos. No resulta demasiado aconsejable, ya que es excesivo el trabajo invertido en tu obra para ponerlo en riesgo en un cruce de correos con quién sabe, por mucho que su sonrisa en la foto de perfil infunda confianza. Casi mejor olvidar esta vía.

La última opción, y no por ello menos interesante, es acudir a lectores cero profesionales, con sus tarifas y plazos de entrega perfectamente estipulados. Pensemos que, si se nos estropea la ducha, no llamamos para el arreglo a un cuñado porque tiene arte contando chistes, sino que acudimos a un especialista que nos cobrará (con IVA) lo que sea menester. Como Dios manda. Y si como autores respetamos nuestro propio trabajo, no parece mala idea abonar unos cientos de euros para averiguar cómo puede trascender nuestro libro de la categoría de entretenido a la de memorable. Elegir nuestros lectores cero es una parte esencial del camino, no lo olvidemos nunca.

¡Salud y buena escritura!

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